martes, abril 19

Ni chica ni limonada

Coincidamos en que todos tenemos la imagen que un día de lluvia caminando por la calle sólo podemos cruzarnos con gente vistiendo pilotitos, en su mayoría amarillos, algunos con orejitas de Mickey, otros de color negro porque resulta gente conservadora. Varios con rompevientos con capucha y los friolentos rescatan del guardarropa la campera inflada de plumas, esas que te transforman en un muñequito Michelin. Los paraguas desfilan en diferentes tamaños, colores y formas. Se intercalan en las veredas porque resulta imposible que dos pasen a la misma vez. Algunos tirados en el piso, rotos del viento que los da vuelta y otros que sonroja a sus dueños porque van destartalados con varillitas fuera de lugar.
Las botas de agua, en mujeres principalmente, parecen parte de una pasarela: con tachas, bajas, altas, intermedias, en punta y redondeadas. Esos días nada de vestidos largos.
 Pero paradójico resulta ver los mismos días de lluvia gente con ojotas, musculosa, shorts, pantalones de fútbol e incluso sin nada en la cabeza. Bueno, no es que esto resulte inapropiado, no sería quién para decirlo, ¿no? Pero… ¿no estamos siendo muy egoístas? Porque resulta que me rodea gente llena de mocos, con toses feas y estornudos cada 20 segundos que no hay susto ni forma de tomar agua que lo frene. Entonces, ahora bien digo, ¿hace falta que nos quejemos de eso? Claramente yo sí puedo quejarme. Farmacity por supuesto que no. De 5 personas que había en la fila de la caja, 4 tenían una parva de pañuelos descartables en la mano para pagar. Ahí fue cuando me puse a pensar que si tenemos las narices rojas, los mocos secos que lastiman, una hernia en los abdominales o dolor de garganta es absolutamente culpa nuestra. Sólo he escuchado cómo se echan la culpa entre ellos, buscando quién se enfermó primero. Pero no gente. Los bichitos están siempre. Somatizamos todo el año. Los días de lluvia (y, obviamente, los de baja temperatura porque ya estamos en otoño), hay que a-bri-gar-se. Parezco mi mamá. Sí, con orgullo. ¿Saben por qué? Porque yo me abrigo, mucho, mucho y ustedes me contagian a mí. Y a mi no me va andar comprando pañuelitos descartables con olores que hacen estornudar. Por eso aquí estoy, con el rollo de papel higiénico al lado, con la nariz roja, el teclado todo mojado con rocío de saliva y unas ganas de no salir nunca más de mi cama. Así de bien estoy. Y esto es una carta documento para la sociedad porteña en general. Chau. Achis!

1 comentario:

Fėdė dijo...

evidentemente también usaste los elite de menta jaja.. que invento malisimo!
no se dan cuenta que si estás resfriado no sentís el perfume?
una cosa de locos
saludetes muchacha, a darle duro al té

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